Muchas veces entramos en cólera, nos enojamos, nos disgustamos frente a diversas situaciones, de las más variadas: desde trivialidades como esperar un colectivo a nuestras reacciones en situaciones límites, duelos, entre otras. Generalmente, tendemos a una manera de reaccionar, que se prolonga a través del tiempo y se hace predecible. Por ello, las personas allegadas a nosotros pueden casi con seguridad predecir cómo reaccionaríamos en determinada situación. Lo mismo hacemos nosotros con quienes conocemos.
Reaccionamos frente al mundo a partir de diversos esquemas mentales que vamos construyendo a lo largo de la vida. Si rastreamos las situaciones particulares, encontraremos un patrón común, como por ejemplo, no soportar situaciones de peligro, de ansiedad, de injusticia, ente otras. El no soportar, el no aceptar implica una emoción fuerte. Vemos que no se trata de un juicio flexible sino rígido. De la misma manera, podemos decir que alguien ¨es¨ depresivo o ansioso si frente a diversas situaciones reacciona siempre con emociones tristes, que llevan a la inacción o de manera tensa, como si se tratase de un peligro.
Esto nos da la pauta de que no son los acontecimientos los que generan nuestras emociones sino nuestra manera de interpretarlos. No nos ponemos tensos o tristes porque nos perdimos un colectivo, no nos pagaron al día o la chica o el chico que nos gusta no nos correspondió, sino por la manera en que interpretamos estos hechos y lo que supuestamente implicarían. Este fenómeno, que nos cuesta tanto aceptar, nos hace humanos complejos, con un abanico de reacciones enorme. Por ello, si perdemos un colectivo, podemos pensar que fue una suerte enorme porque a ese colectivo le va a pasar algo, que somos muy impuntuales, que nada nos sale bien, o simplemente, que se perdió y que pronto pasará otro. Estas diversas posturas generan diversas emociones: tranquilidad alegre, ansiedad, tristeza o indiferencia y aceptabilidad.
Así, vemos que son nuestros esquemas mentales los que producen las emociones y que cuando estas son exageradas y dramáticas podemos sospechar que el pensamiento sobre el cual se apoyan no es lógico o, por lo menos, es disfuncional: así, si interpretamos el perder un colectivo desde el patrón ¨nada me sale bien¨, alimentamos una idea de nuestro ser como inútil, condenado al fracaso, pues NADA sale como DEBERÍA salir. Estas son las creencias disfuncionales que tenemos que modificar para poder ver e interpretar el mundo con otros lentes más adecuados y saludables.
Ps. Gustavo Campodónico
