Rosario, 23 de marzo de 2020.
La cotidianeidad, esa que tan solo un par de semanas atrás, nos agobiaba a veces pero que siempre nos sostenía porque nos permitía tener esa (recién ahora nos damos cuenta) sensación de previsibilidad, de cierta seguridad que todo estaría donde lo dejamos y que al día siguiente volveríamos a encontrarnos con nuestros compañeros y amigos y de que teníamos el control de nuestra vida. Esa cotidianeidad ha desaparecido sin que nosotros así lo decidiéramos. Y ha sido sustituida por días monótonos, sólo alterados por angustiantes noticias sobre la pandemia que asola por igual a todo el mundo. Aún a aquellos países que considerábamos poderosos y modernos casi invulnerables.
¿Con qué nos enfrenta esta situación?
De manera casi brutal, con la angustia fundante del “ser humano”, la conciencia de vulnerabilidad y finitud, pero, además esta vez nos dejo sin la opción de idealizar a nadie, todos estamos en la misma situación, nos ha dejado huérfanos.
¿Que nos queda?
Nada más y nada menos que nosotros mismos. No yo, él y aquéllos sino Nosotros. Esto significa que de la orfandad y la impotencia, nadie sale solo, se sale conformando un grupo, una sociedad organizada, con lazos sólidos.
Lo que organiza a una sociedad es el respeto y compromiso con la Ley si no, volvemos a la horda primitiva. Y para que los lazos que une a sus miembros sean sólidos, la solidaridad debe recuperar su significado y valor pleno porque desde hace tiempo esa palabra ha sido vaciada de sentido. Solidaridad no es donar una frazada y tres paquetes de fideos a un inundado, eso es ayuda a un necesitado. Solidaridad es ver y tratar al otro como un semejante, saber que tiene el mismo valor que yo, respetarlo y respetar sus derechos, de los cuales el primero es el derecho a la vida.
Una sociedad donde se ha perdido la armonía entre los derechos individuales y los sociales, es solo un conjunto de individuos, débil y sin poder como grupo para proteger a todos y cada uno de sus miembros, que no esperan de las autoridades, que responsable y éticamente administre el poder delegado, sino que sean padres omnipotentes que consientan sus caprichos.
Es cierto que, frente a lo que está ocurriendo nadie todavía puede decir que ha encontrado la solución. Pero, si sabemos que si las medidas que se proponen, no se llevan a cabo como se nos solicita, malgastaremos el esfuerzo y no lograremos el objetivo buscado.
Va a ocurrir como con muchos medicamentos, si no se respetamos la dosis y la forma que ha sido indicada por el médico, vamos a tener todos los efectos secundarios pero ningún beneficio.
Lo que se nos ha pedido primero y ordenado después es realizar la cuarentena.

¿Como podemos minimizar las consecuencias de tal esfuerzo?
Organizar una nueva cotidianeidad, plantear ciertas tareas y actividades en determinados horarios.
No abandonar las tareas o actividades anteriores que la tecnología permita seguir realizando.
Estar informado sobre la situación sanitaria, sobre todo para saber si hay nuevas medidas o se modifica alguna, pero limitar el tiempo de escucha.
No sostener la expectativa de que esta situación finaliza pronto, porque va a sufrir modificaciones, sujetas a como vaya progresando el contagio y/o el control de la situación, pero no va a terminar pronto. Para no incrementar sentimientos de frustración e impotencia.
No estar pendientes de organizar el futuro, porque es absolutamente imposible de anticiparlo, solo lograremos aumentar nuestra incertidumbre y con ella la ansiedad.
Centrarse en el día a día. Cómo podemos mejorarlo.
Aceptar que estar, independientemente del número de los convivientes, todo el día juntos, no es habitual y se hace difícil. Buscar entre todos como esa aliviar la situación. Cada familia debe encontrar su forma de lograrlo.
Y sobre todo, saber que esta es una situación tan, tan excepcional que nadie, ni sanitaristas, médicos, psicólogos, sociólogos, economistas, nadie, tiene parámetros para compararla. Tener presente siempre que el aislamiento debe físico, no emocional.
Caminante no hay camino, se va haciendo (entre todos) al andar.
Ps. Elizabeth Meyer
Mat. N° 634
