Ríos de tinta han corrido en los últimos 100 años acerca de la herencia genética del sobrepeso. Las aguas corren, por supuesto, divididas: quienes otorgan a los genes un papel fundamental y prácticamente exclusivo en el desarrollo de la obesidad y, por lo contrario, quienes niegan la más ínfima influencia genética.

Con las últimas investigaciones, aún en práctica, la realidad se antoja más compleja. Se ha descubierto, en primer lugar, que no uno sino una gran cantidad de genes se relacionan de una u otra manera con la obesidad: nunca directamente sino a través de la distribución del tejido adiposo y el metabolismo de las grasas.

Sin embargo, aquí no reside aún la complejidad. No sólo la expresión de un gen se verá mediada por las características de otros genes sino, fundamentalmente, por su relación con el ambiente. Esto significa que son factores predisponentes, pero no determinantes. El resultado final dependerá de los factores adquiridos: el estilo de vida, el ejercicio físico y, en primer lugar, nuestro régimen alimentario.

¿Qué significa esto? Alguien cuyo genotipo (el conjunto de los genes que existen en un individuo) sea visiblemente predisponente a la obesidad pero que, tiene una alimentación equilibrada y hábitos saludables, no necesariamente tendrá sobrepeso. Lo mismo a la inversa: alguien sin rastros heredables que posea una dieta hipercalórica, excesiva y desordenada desarrollará algún grado de sobrepeso.

A modo de reflexión final, podemos decir que no somos capaces de modificar nuestro patrimonio genético pero sí de cambiar nuestros hábitos alimentarios. Ninguna excusa genética servirá para naturalizar un estado que depende fundamentalmente de nuestras decisiones.

Ps. Gustavo A. Campodónico
Matr. 6508

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