Nos decidimos comenzar un plan alimentario. Queremos vernos y sentirnos mejor pues nos sentimos incómodos. Hubo años sin ocuparse del tema, día tras día sin cuidarse. Durante ese tiempo nos habituamos a conductas alimentarias que nos fueron llevando poco a poco al sobrepeso, a sentirnos más cansados, menos ágiles. Algún desencadenante (no me entró tal ropa, algún comentario, entre otros) nos lleva a la reflexión, que sin duda preexistía, de querer modificar ello y comienzo un tratamiento. Lo comienzo, no sin esfuerzo. Me propongo hacerlo, de entrada, al pie de la letra. ¨Las cosas se hacen bien o no se hacen¨, me digo a mis adentros. Vale el pensamiento, me motiva y continúo. A las dos semanas bajé dos kilos. Pero la vida siempre confabula contra nuestros intentos de perfección: surge un viaje, una fiesta en otro hogar durante todo el día, un acontecimiento trágico o simplemente me doblo el pie y tengo que hacer reposo. No puedo seguir el mismo ritmo comenzado. Me voy del plan, con algunos desordenes y excesos. Trato de volver luego pero ya no es lo mismo. Termino siempre con alguna conducta fuera de lo recomendable, como sumando defectos. Se estancan los resultados pero no el esfuerzo y la energía puesta, lo que nos desgasta. Nos quejamos y frustramos. El camino natural nos lleva a dejar el tratamiento y a pensar, en el mejor de los casos: ¨ya voy a estar realmente dispuesto para hacerlo¨.
Allí vemos una baja tolerancia a la frustración en relación a nuestro tema. Y el pensamiento final nos lleva a la frustración indefinida, pues no se trataba de que uno esta más o menos dispuesto. El sujeto en cuestión tenía disposición y voluntad, no hay duda de ello. Lo que fallaba en el fondo era el pensamiento que tenía de la realidad: que tiene que ser lineal, predecible y absolutamente manejable. Frente a las vicisitudes hacemos agua y no toleramos ello. Esta baja tolerancia está relacionada al nivel de exigencia elevado que nos proponemos al hacer algo. Lo cual conduce a veces a metas poco realistas o, mejor dicho, poco flexibles. Las cosas son de tal manera o no son. Estos pensamientos dicotómicos siempre favorecen el dejar de intentar, el quedar en falta, pues no admite grises ni cambios. Es lo que Albert Ellis llama ¨Musturbation¨ (del inglés must, deber), una compulsiva actitud del deber ser: las cosas deben ser de esta forma u otra, yo debo hacer las cosas de determinada manera, yo debo bajar 1 kg por semana si no estoy perdiendo el tiempo. Como ven, este deber es un agregado nuestro al mundo y nos frustra constantemente, nos exige de más.
Por ello, es importante poder leer el mundo de manera realista, flexible, sobre la base de que somos mortales, imperfectos, que la vida está llena de vicisitudes y que las cosas no son fáciles, no cambian por arte de magia. De esta manera, estaremos más perceptivos y mejor enfocados para tolerar los obstáculos del diario vivir.
Ps. Gustavo Campodónico
Mi Proyecto Saludable
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